En la ciudad (13)

La peor de las muertes, es la muerte en vida. Cuando ya nada importa mucho, cuando todo se vuelve ordinario, común y corriente, normal. Cuando ya no hay nada más que contar, nada más que recordar. Como si tu vida se hubiera reducido a un instante en que todo se agotó, en que ya nada puede sumar. Te levantaste un día, despertaste. Y ahora, es así simplemente. Imagínate esa sensación reiterada a lo largo de tu vida, acumulados cada cierto tiempo, cinco, diez, quince, veinte años. No quieres más. Pese a ello, te levantas, te animas. Sigues respirando. Debes volver al trabajo, a la rutina, a esas horas en las que realizas unas serie de acciones en las ejecutas una serie de tareas. No piensas tanto, más bien actúas. Como si el acto de pensar estuviese resguardado solo para algunos. Ahora, estoy aquí, en mi oficina, en un momento en que debería alegrarme. Hace dos años atrás viene desde el otro lado de la cordillera pensando en salir de la rutina. Salí de una y me metí en otra, aunque con más dinero y nada menos que en un país declarado bancarrota desde hace años. Me necesitaban aquí. Sí a mi y para cerrar el trato en el DF con Lisa. Viajaríamos los dos. En este momento, siento que no era la misma, aunque sí, era ella. Como si la hubiesen cambiado. Una doble. Alguien habría entrado a su dormitorio cuando estaba dormida y simplemente la cambió por otra persona. Quizá esté paranoico, veo las cosas diferentes de hace algunos días. Quizá, sea solo un tema de percepciones. Pero de seguro que era otra Lisa, así como yo soy ahora otro Emilio.    

Comentarios

Entradas populares