En la ciudad (12)

No he podido reconciliar el sueño. Luego de la reunión con Lisa quedé pasmado, sumergido en una especie de trance sin fin, como si el tiempo no hubiese transcurrido, al menos, el tiempo cronológico que en las tareas más aburridas suele ralentizar las horas en el trabajo. Sin embargo, ahora pareciese no haber comienzo ni fin. El reverso de lo temporal, como aquello  que retorna al igual que el mar, el oleaje y las mareas. Logré cerrar los ojos un par de veces durante la madrugada. Preparé café, por un momento, había vuelto en sí, por qué no, si estaba en casa, era día sábado. Habíamos quedado de juntarnos con Arturo en una librería cercana a mi edificio. Andaba en la búsqueda de una edición particular de un tal Philip K. Dick, algo había leído de él, en la secundaria, sobre unos agentes que perseguían a un hombre por toda la ciudad, no recuerdo con que fin. En fin, tomé unos sorbos de café antes de salir, me esperaban allá afuera. Arturo andaba intranquilo como si algo me quisiera decir. Pensé que era por Gonzalo y y su hijo nachito.  

Lo noté diferente esta vez, quizá por mi encuentro con Lisa empecé a mirar las cosas de otro modo. Algo en el me parecía distinto. De pronto, desembucha la noticia. Martina está embarazada. Esto podía ser un nuevo comienzo, sabia que su relación estaba desgastada. Me dice: -el médico nos informó que es un embarazo de riesgo. Si bien, Martina era una mujer sana, practicaba deporte, era mayor diez años que Arturo. Y ya entrando en los cuarenta podría haber dificultades. Me pareció oír detrás del teléfono, antes de juntarnos, un tono diferente. Qué más podía ser. Había pasado tiempo. Ni siquiera nuestro rubro nos alejaba del transcurso del tiempo, nuevos comienzos, nuevos inicios, una familia. Me quedé en silencio. No por no saber que decir, sino por no decir palabras vacías. Debería sentirme contento por mi amigo. Es vez de eso, miré mi taza de café. Nos juntamos en el lugar de siempre. Luego de beber el café, Arturo salió rápidamente a prender un cigarro, pagué la cuenta. Dijo lo de siempre,“andando”. Estábamos cerca de la librería que solíamos frecuentar. Habló con el dependiente, quien sacó detrás de su escritorio, una edición de P.K. Dick. Arturo tomó unos billetes, eran hartos, por lo que el libro debía ser un tomo difícil de encontrar y se los pasó. Me miró y volvió a decir “andando”. Ese día caminamos como cuando recién llegamos a la agencia, andábamos sin automóvil, tomábamos locomoción al centro y recorríamos los bares hasta perder la noción del tiempo, sin importar que el día siguiente nuestro jefe nos esperaba temprano para trabajar en una carpeta de una nuevo cliente, un perfume, un concepto, lo que fuese, debíamos estar pendiente a sus exigencia casi tiempo completo, incluso, en ocasiones aún después de nuestras jornadas de trabajo.   

Lisa y su llegada a Buenos Aires. Sus años en Nueva York. Su juventud en Lisboa. Su buen gusto por los restaurantes de autor y la ropa de diseñador. Su uso discreto de las palabras. Casi no se notaba su acento de origen. Una tarde con ella sería de ensueño. Vuelvo en mí. Aún no recuerdo el nombre del libro de Philio K. Dick. Ya es lunes. Estoy en la agencia y Lisa me saluda y por primera vez la veo sonreír. Tuvo que haber cerrado el trato. Los mexicanos pronto nos harán viajar para el DF. Arturo no podrá ir como otras veces. Lisa viajará seguramente. En medio de esta fusión todo puede ser posible. Iré por un café. Pronto tendremos reunión y con ello, afinar los detalles de la venta y producción de nuestro nuevo producto estrella.

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