En la ciudad (9)
Era lunes. La rutina de siempre. Leer los titulares de los principales diarios digitales. Había pasado un año. El panorama era diferente, se respiraba un posible cambio: las elecciones. Fin de año, Me tomaría las vacaciones ahora. Gonzalo ya había hablado con administración. Se supone que viajaríamos una semana por el funeral de mi compañero a quién hace unos días le dio un ataque fulminante. Fuimos bien unidos durante un tiempo. La distancia hizo su trabajo. Aprovecharé el viaje para ver a mi primo y amigos de la zona, Frank y Soledad que ahora parecen estar juntos. ¿Quién lo diría? Después de tanto tiempo. Era un tema suyo. Siempre congeniaron pero no dieron el siguiente paso. La amistad se mantuvo. Un día recibí a Frank en mi piso del centro. Andaba cansado. Bebimos unas cervezas, escuchamos unos discos. Esa vez no hablamos mucho. Fue uno de esos momentos en los que se sentía la tristeza en el aire. Sin saber lo contuve y mantuve a flote. Tiempo después supe de su depresión, de sus meses internado. Eso hace 6 años atrás. Ahora juntarme una vez más con el grupo me vendrá bien. Gonzalo quiere conocerlos. Un par de historias que solté bastaron para querer volver al camino, a la ruta del festejo, como le solíamos decir. Era momento de partir. Firmado los permisos. El resto miraba con recelo, ni yo supe cómo convenció a nuestro supervisor, salir una semana antes de vacaciones.
En la entrada se alzaban los mismos pastizales de antaño. La finca ahora abandonada. Más allá, lo que quedaba de la descolorida escuela, al que una vez asistí muy pequeño. Por sobre aquel lugar, se alzaba lo que serían las cuatro torres, como le decían, eran edificios más pequeños que los de la capital. Duplex de los años 60, un conjunto habitacional pensado para los obreros de las fábricas cercanas de esa época.
A lo lejos vi Miguel. Se veía bien. Había vuelto a las ligas amateur de fútbol de la zona. Recuerdo haber jugado hace años ahí. Estuve dos años, pensé quedarme. Pero, la ciudad llamó a mis oídos, como la vieja canción que dice:« There is a house in New Orleans /They call the Rising Sun /And it's been the ruin of many a poor boy /And God I know I'm one». Mi ruina. Volver. Siempre volver.
Estaban todos reunidos donde Miguel. Sara estaba igual que hace diez años atrás. Ese último encuentro casi termina mal. No debí haber bebido tanto. Lo último recuerdo que Javier y Eduardo me despertaron. Estaba con Sara en una pieza. Era su despedida. Se iba a casar. Y lo hizo ese mismo día. No me tuve que aparecer por el civil ni por la iglesia. Me perdí la fiesta. Sonreía como siempre. Nos mostró unas fotos de su hija. Era igual que ella. Recuerdo cuando jugamos en la plaza a eso de los cuatro años de edad. Eduardo se ha emborrachado hasta no poder más. Entre los cinco presentes, lo subimos a un camarote, lo dejamos ahí. Mejor que no conduzca en ese estado. La última vez despertó cerca del río. Se salvó casi por milagro. Un árbol cayó ese día e impidió que el automóvil se hundiera.
Al día siguiente fuimos al campo de Javier. Había comida por doquier esperándonos. Tuve que prender el fuego. Mis amigos decían que tenía un don especial para hacer arder el carbón y la leña que usaban en la zona. Aunque siempre supe de la astenia del resto que se activaba justo en el momento que se organizaba un asado. A Gonzalo no le molestó hacerse cargo. Es más, para él era todo un honor estar con los miembros de la ruta del festejo. Bebí un par de cervezas. Aún seguía cansado por el viaje. Luego de un par de horas, me fui a dormir.
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