En la ciudad (8)
Había estado treinta años de mi vida esperando que ocurriera algo impensable. La rutina me desgastó lentamente, por lo que salí un tiempo del mundo de la publicidad. Ahora, en un nuevo país, con una nueva oportunidad, volví. No llevaba más de un mes cuando vi entrar a Lisa. Dicen que trabajó durante un tiempo como directora de arte en una revista de circulación mensual en Nueva York. La miré desde lejos. Sentí su fuerza e ímpetu. Sabía que ese espacio sería difícil de franquear. Si no fuese por la gran idea de recursos humanos, no habría podido hablar con ella. A la agencia se le ocurrió hacer una jornada por el día en las afueras de la ciudad, en una estancia cerca del Mar de Plata. En horario de trabajo, un día viernes salimos todos en buses desde la agencia. No se podía ir en automóvil particular. Con Gonzalo de Medios, nos pareció ideal un descanso el último día de semana. Incluso, llevábamos oculta, un poco de hojas sueltas para fumar en el intertanto. En la estancia, partimos a una gran sala climatizada, nos sorprendimos lo que invirtieron para la jornada. Tenía buenas instalaciones. Afuera habían dispuesto cuatro fogones que preparaban para más tarde. Tomamos un café y de inmediato comenzó la inscripción y el inicio de las actividades en el salón. Al ingresar, nos saludó amablemente nuestra anfitriona Bianca, de rasgos suaves y voz segura. Se le ocurrió que debíamos sentarnos con alguien con el que no hubiésemos interactuado antes. Al menos que no fuese amigo y/o conocido. Lo que no era fácil en una agencia de alrededor de trescientas personas. Aún así, era de poco juntarme o salir de juerga con los colegas. Gonzalo era uno de los pocos con los que salía a por unos tragos. A veces se nos unía Arturo de Contratos. Traté de incorporarme a la dinámica, tomé unas hojas en la que debíamos representar nuestras emociones por medio de dibujos, hechos al azar con una música neutra de fondo. Pasó harto rato. Creo que cerré los ojos por un momento. Los abrí, los dibujos estaban al lado de cada compañero, había otra música y estaban en posición de relajo, al igual que en el yoga. Volví a cerrar los ojos. Me dispuse a mover y seguir las instrucciones de nuestra anfritriona. Abrimos los ojos. Y vi a Lisa, molesta, inquieta, intranquila. En la sala, dividieron cuatro sectores, según estados de ánimo. Habíamos logrado fumar con Gonzalo antes de comenzar la jornada. Así que mis dibujos y mi estado de ánimo en ese momento fueron a parar al espacio de la “alegría”. Por lo que recuerdo, Lisa junto a Ana, al parecer eran cercanas, se dispusieron en el rincón del “miedo”. Había que hacer una instalación grupal con los dibujos en cada espacio. Para mi sorpresa, la de ellas fue conceptual, una circunferencia con un punto en el centro. Nuestra relatora nos dio la chance de preguntar a cada grupo sobre su instalación. Esperé con impaciencia hasta que tocó el turno de revisar el trabajo de Lisa y Ana. Por fin pregunté, torpemente: -¿Eso qué representa? A lo que ella respondió: -¿Qué crees tú? En ese mismo momento, sentí imprudente mi pregunta y recorrió dentro mi cuerpo un calor irrefrenable y una especie de espasmo entre sorpresa, miedo y alegría. Me fui todo el camino de regreso sin hablar. Por semanas pensé en el nombre de la instalación de Lisa y su compañera, pero no lo logré recordar. En cambio, sí esa sensación. Esa que me haría ver a aquella mujer, de pocas palabras e intensa mirada, de otra forma. Pasarían meses, antes de volviéramos a hablar, los dos, fuera del trabajo y sin intermediarios.
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