En la ciudad (10)
Me desperté como un día cualquiera. Preparé un té para iniciar mi día. Miré tras el ventanal, un recuerdo vago vino a mi mente, sentí algo, una especie de dolor. Era domingo. Al día siguiente debía volver a la agencia. Pese a mis esfuerzos de las últimas semanas no podía concentrarme. Este último tiempo había sido duro, siento una gran responsabilidad y pensar que hace poco fui contratada por una las agencias más posicionadas en marketing y publicidad.
Terminé de beber mi infusión, quedaban medialunas del día anterior, inútilmente intenté calentarlas en el microondas, resultando una masa caliente informe, de todas maneras, engullí con desgano. Una vez más debía acudir a la consulta de mi psicóloga, en la última sesión me había informado que me daría de alta, solo faltaba afinar los detalles, una última tarea para recordar el momento en el que había acudido a ella y el progreso que logramos durante un año, la idea era continuar aún de alta con los ejercicios.
Eran las 11:00 del día y mis padres me estarían esperando en su casa. Lo más probable que irían mis hermanas con mis sobrinos a visitarlos. Otro motivo para llegar temprano, pasarlo en familia y desconectarme de las mil razones por las que planeaba faltar al trabajo al día siguiente. Y en mi mente todavía tenía la última llamada de mi ex. Hace semanas que no habíamos vuelto a hablar. Y eso que él me solía llamar, incluso muchas veces en un mismo día. Ahora, nuevamente se alejó. Según mi roomie, ese dolor se podía olvidar con una encamada- yo diría que con muchas más. Para él, era solamente la imagen enfermiza de quien no está a su alcance. Yo era su cura. Cuando estaba bien, aparecía de la nada y al primer problema que tenía o tuviese, desaparecía.
Esta angustia era más profunda, se activó durante la pandemia, según mi piscóloga debía trabajar con mi historia personal, no ser tan drástica y trabajar con mi autoestima. Creo que es por eso que me aburro temprano de las personas. Ya bien, me entusiasmo con una tarea, pronto la quiero dejar a un lado. Igual que con las personas. Es como volver a repetir una instrucción al personal adjunto o a los mismos “creativos” de la agencia. Sí al menos, leyeran antes los emails con los dossier. Sería todo mucho mejor. Quien me conoce, sabe muy bien, que no es de mi agrado, volver repetirme, solo acepto eso de los mayores y de mis padres.
Y ahora, en el balcón, con una michelada antes del almuerzo, pienso en mi profesión. Pese a haber participado en diferentes campañas de marketing, por un momento creí comprender que en cualquier idioma el tedio a la rutina funcionaría de la misma manera que el recuerdo vago que hemos sentido al haber querido a alguien. Aunque sea por un momento. ¿Hacia dónde voy con todo esto? Encerrada en este lugar, difícil que logre ordenar mis pensamientos. Miré por el balcón y me di cuenta que era tarde, que Ana me estaría esperando en el bar que habíamos planificado ir hace más de un mes atrás. La idea es que más se sumaran a la salida, pero a ella no le gustan mucho las multitudes, habíamos seleccionado a un par de la agencia, entre ellos a Arturo, que suele escuchar nuestras historias y cuenta una que otra. Finalmente le dije que saliéramos solo las dos. Llegó el uber justo a tiempo. Hace tiempo que no la había visto tan animada, al igual que yo, pasó por un momento difícil, no se veía más en la agencia y su relación con su pareja se hacía cada día más compleja. Y quien no, en pandemia se abrieron las heridas. Ahora es momento de cerrarlas. Tenía en mi mente un trazo de líneas verticales, una imagen difusa de lo que quería hacer en mi vida y en mi futuro más cercano.
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