En la ciudad (1)


Prendió un cigarrillo y vio como el humo subía hasta las alturas del techo enmohecido por la humedad y recordó de pronto una escena de su infancia, en la casa de los abuelos, una larga caminata, luego un sepulcro y la inscripción de su bisabuela por el lado paterno. Algo fuera de lo común, su abuelo sonrió. Si, dijo, quizás donde provenía. Luego unos años después, se vio en la infructuosa tarea de averiguar el origen de ese apellido. En ese entonces, como ahora, en ocasiones, la realidad lo desbordaba, no veía demasiado sentido a la estupidez humana, a la violencia, a las desigualdades, cualquiera que fuera. Un punto de fuga, una posible salida en esa búsqueda. Algún germen de esperanza. Saber de dónde provenía esa angustia, esas pesadillas, esa inquietud por quedarse horas contemplando un paisaje o escuchar una vieja canción. Escribir por largas horas o simplemente permanecer recostado en el suelo, observando el movimiento de las nubes, sus formas, y tonalidades, sus colores y figuras posibles.

Llevaba semanas sin escribir, sin teclear una sola palabra. Abrió de par en par las ventanas del departamento, enseguida puso algo de música, un track de Thelonious y prendió un cigarro. Por un momento contempló la vista desde lo alto. Todo se veía distinto. Había pasado un par de meses. No la había olvidado. Se encontraba en otra ciudad, recordando lo que había sentido esa tarde en el aeropuerto. Miró más de una vez su celular pensando que recibiría algún mensaje. No sucedió. Se habían conocido en una librería, había sido una de esas historias que él no habría querido escribir y que por tanto había rehuido. Trató de no extender más allá la conversación de un par de recomendaciones de lectura, de volver con la convicción de que podría hablar sobre las novedades de lectura del mes, descubrir un nuevo escritor publicado por algún sello independiente y a su vez disfrutar de una buena charla con una desconocida, que tanto lo sorprendió al entrar por primera vez en aquella librería. Se supone que ella no estaría allí. Se supone que él no habría tenido que salir ese día. Supuestos que no se cumplieron y fueron a dar a aquel lugar, en aquel día y en aquella hora.

En su nuevo barrio todo transcurría como él pensaba que iba a transcurrir. Los primeros meses fueron duros. Tuvo que acostumbrarse a comer lo que tenía al alcance. Su presupuesto era limitado y la finalidad era permanecer al menos un año en Buenos Aires. Toda la algarabía de La ciudad de la furia se veía contrarrestada con la hospitalidad de los encargados de la hostal ubicada en el corazón de San Telmo. Había llegado a aquel lugar gracias a la recomendación de una pareja de amigos que vivían por el barrio y que los primeros días tuvo la oportunidad de permanecer en su hogar. Pese a la insistencia de Eduardo y Nora no se quedó más de una semana con ellos. Y como hacerlo, el corazón de ellos era grande, no así el lugar, menos aún sí trabajaban todo el día y el resto de la tarde les quedaba para estar con la pequeña Lina.





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